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Confidencia de una pequeña

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Te narré uno de esos momentos en los que las mujeres llegamos al límite, de venir de trabajar con presión económica, con el estrés propio de las situaciones laborales, de no tener el tiempo que qusieramos dedicar a nuestros pequeños niños

Diario Humano | La Paz, Baja California Sur. –

Este día, regresó del trabajo una mamá un poco diferente a la habitual. Ya antes la había visto así, pero ya tenía muchísimo que no perdía la luz en su mirada y su sonrisa… Su sonrisa es lo que me da más alegría y es para mi lo que me hace sentir que vamos bien. Cuando está contenta, se siente que separarse de papá fue una buena decisión; cuando está enojada o la tristeza la rebasa siento que siente que somos demasiados hijos para ella, y con ello demasiado ruido, demasiado desorden o demasiado de algo que no puedo entender, o quizá carencia de mucho que tampoco sé, pero se siente que algo falta y que algo sobra.

Afortunadamente esos días sin luz son poquitos, hasta podría decir que hoy antes de verla triste, los había olvidado. Al llegar a casa, subió la escalera, no hizo ninguna broma, tampoco dio instrucciones de nada, solo entró a su recamara y se acostó con todo y zapatos; luego lanzó un grito, pidiendo a mis hermanos que guardaran silencio. Yo estaba siempre a un lado de ella, le pregunté si quería que bajara a callarlos y con lágrimas en los ojos me cedió el mando.

Desde la escalera les pedí a mis hermanos con voz firme y serena que no le hicieran ruido a mi mamá, porque estaba muy cansada. Sé que mi voz dulce le alivia el alma a mamá, porque también sé que tiene miedo de que solo le aprendamos las cosas que hace y que ni a ella le gustan. Soy una niña de ocho años, pero sé de todo esto.

Regresé, la abracé, le pregunté si le servían mis abrazos, me contestó que sí sin hablar, pero apretó mi abrazo. Ya me ha dicho muchas veces que es lo único que necesita.  

Le dije: “cuéntame mamá”. Me contestó: “No puedo, tengo que esperar a que seas grande”. Y yo le contesté: “no te preocupes solo esperaremos diez años, pero cuéntame ahora, aunque no te entienda, solo para que sepas que te escucho”.

Esa tarde, yo la abracé y le acaricié su cabello como ella lo hace conmigo, no la cargué porque es mucho más pesada que yo, pero le di el amor como ella me lo da; cerró sus ojos y se quedó dormida.

Leía este texto que escribí cuando mi hija Camila tenía 8 años, pensarás que el léxico no es de una niña de esa edad, pero el de mi hija sí, y creeme que la representa. Siempre ha sido adelantada en su desarrollo intelectual y madurez emocional.

Pensé en compartirlo en este Diario Humano porque, aunque ya ha pasado el tiempo, tiene una carga de verdad emocional para muchas mujeres que hoy día viven lo qué yo viví, la experiencia de llevar a cabo la crianza a la par de resolver la economía y el desarrollo profesional.

¿Cuántas veces nos sentimos rebasadas por la exigencia que nosotras mismas nos imponemos, o la circunstancia que no nos permite elegir?

Para mí, el tema tiene todo que ver con el rol que aceptamos vivir en esta “modernidad” en la que se desdibujó la línea de las responsabilidades de ambos progenitores; en la que derivado de la llamada “liberación femenina” término nada nuevo y muy trillado, hubo desequilibrio en las percepciones de la linea de acción y aportación del hombre y de la mujer y tambien en el manejo de esta respecto de ejercer su derecho a desarrollarse profesionalmente o en alguna actividad economica y la ejecución de su derecho a generar sus propios ingresos para asegurar su autonomía y no ceder su libertad de decisión (herencia de un machismo exacerbado en el que la regla se vuelve “El que paga, manda”).

La percepción propia, social y obra del hombre, que a la mujer corresponde en primer término la crianza y que el hombre solo es una “ayuda” en esa labor (si bien nos va), digamos que la liberación hizo más pesada la carga.

Ha causado igualmente desequilibrio y una sensación de injusticia para las mujeres, la percepción actual del hombre de que la economía debe ser sostenida por ambos, pero sin aceptar esa misma responsabilidad respecto de las labores de la casa y de la crianza. Su aún tatuada cultura de ser atendidos y valorados como el sustento familiar, aunque no lo sean.

La idea errónea de que la mujer es la que debe saber limpiar, cocinar, hacer recortes en las tareas de los niños, disfraces y todos los derivados que correspondan a la multifunción que nos fue dada. En este punto me disculpo si eres un hombre que hace todo eso, porque sé que los hay y que lástima que sean excepción a la regla; siendo que hombre, mujer, ambos tenemos voluntad, la cual va mas a allá de nuestras capacidades naturales determinadas por el hemisferio del cerebro que rige a un genero o al otro; esas condiciones fisionómicas siempre podrán ser superadas por la CONSCIENCIA.

Así que te narré uno de esos momentos en los que las mujeres llegamos al límite, de venir de trabajar con presión económica, con el estrés propio de las situaciones laborales, de no tener el tiempo que qusieramos dedicar a nuestros pequeños niños, de no tener soluciones a la presión de pagos, de sentirse sola necesitando un abrazo (tengas o no pareja), esos momentos en los que la vida te rebasa y tu niña interior se duele de verte tan adulta que no puedes escapar; esos momentos de quiebre qué como narro en “CONFIDENCIA DE UNA PEQUEÑA”.

También generan vínculos sólidos e irrompibles con tus hijos, quienes son testigos de tu esfuerzo, de tu amor, de tu tezón por darles lo que necesitan; tus hijos a los que NADIE, les puede venir a decir quién eres, porque nadie lo sabe mejor que ellos; eso momentos de adversidad en los que el amor triunfa y siempre triunfará. Asi que no te rindas ¡sigue!, porque lo que haces por amor, no queda sin efectos en el universo que todo sabe y todo lee. No queda sin efectos en los corazones de las personas más importantes de tu vida, los que te aman, seas como seas, los que comprenden tu corazón y tus luchas, los que te viven día con día y reconocen tu entrega ¡no te rindas, nunca lo hagas!

El ejemplo arrastra y el amor sembrado da frutos; solo me atrevo a sugerirte algo… HABLA EN NOMBRE DEL AMOR, diles como te sientes, diles cuánto los amas; aunque no lo creas los niños, aún pequeños tienen sus narrativas propias… Pero háblales siempre con la verdad, porque la verdad es como el sol: nadie puede ocultarlo, ni ensombrecerlo, por más que alguien pretenda eclipsarlo, no pasará de que sea solo por un momento. Abrázalos, acarícialos, que, como mi pequeña, es lo que te dan de regreso justo cuando más lo necesitas.

Eliz González

Directora de Humana Instituto

Autora de “A Imagen y Semejanza, los poderes divinos están en ti”.

Coach de vida y conferencista

Whatsapp Humana: 612-303-82-31

Whatsapp Eliz:  3318911664 

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