
Primera infancia, aprendizaje y desarrollo cerebral
Por: José Jesús Flores Castro
Diario Humano | La Paz, Baja California Sur.— El ser humano es, dentro de la naturaleza, uno de los animales que nace con mayor grado de indefensión y, al mismo tiempo, con una de las infancias más prolongadas.
Existen diversas teorías para explicar esta característica de nuestra especie, pero una de las más aceptadas la relaciona con el proceso evolutivo de la bipedestación. Al caminar erguidos, la pelvis humana se modificó anatómicamente, reduciendo el espacio disponible en el canal del parto. Esta condición hizo difícil prolongar demasiado la gestación, especialmente porque el cerebro humano fue aumentando de tamaño a lo largo de la evolución.
Desde esta perspectiva, el nacimiento alrededor de los nueve meses puede entenderse como una solución evolutiva: el bebé nace antes de alcanzar una madurez cerebral completa, pero en un momento en que su cabeza aún puede atravesar el canal del parto.
Por ello, el cerebro humano nace estructuralmente formado, pero funcionalmente inmaduro. Esta inmadurez no representa solamente fragilidad; también abre una extraordinaria ventana de plasticidad cerebral, gracias a la cual el niño puede aprender del ambiente, vincularse afectivamente con sus cuidadores, desarrollar el lenguaje, regular sus emociones y construir progresivamente las bases de su pensamiento, su conducta y su vida social.
Plasticidad cerebral y aprendizaje
Aquí se revela uno de los aspectos más extraordinarios del desarrollo humano: la solución que encontró la evolución ante un problema que pudo haber puesto en riesgo nuestra supervivencia derivó, al menos, en dos consecuencias fundamentales.
Por un lado, nos permitió no quedar sujetos de manera absoluta al determinismo genético; por otro, nos dotó de una poderosa capacidad biológica para aprender.
Es decir, la vida humana no está definida de una vez y para siempre por la información genética ni por sus designios inevitables. Por el contrario, una parte esencial de lo que somos se construye mediante el aprendizaje, el ambiente, las experiencias y todo aquello que incorporamos en la relación con los demás y con el mundo.
Esta facultad biológica se llama plasticidad cerebral, y gracias a ella la vida en sociedad, la educación y la crianza adquieren una importancia decisiva para el desarrollo del ser humano.
La plasticidad cerebral es la capacidad que tiene el cerebro para organizarse y reorganizarse a partir de la experiencia, creando, fortaleciendo, debilitando o modificando circuitos neuronales que influyen en lo que somos, sentimos, pensamos y hacemos.
Este proceso es posible porque contamos con sistemas sensoriales capaces de captar distintos tipos de energía del mundo exterior —luz, sonido, presión, temperatura, sustancias químicas y movimiento— y transformarlos en señales nerviosas que viajan hacia el cerebro.
Una vez allí, estos estímulos son filtrados, seleccionados e interpretados; cuando resultan significativos, activan procesos de comunicación entre neuronas mediante la sinapsis.
A través de estas conexiones, el cerebro cambia anatómica y funcionalmente: se forman nuevas redes neuronales, se fortalecen las que se utilizan con frecuencia y se debilitan aquellas que dejan de ser relevantes.
A este proceso de transformación progresiva lo llamamos aprendizaje, una facultad biológica profundamente humana que la evolución nos otorgó para adaptarnos al ambiente, construir cultura, desarrollar vínculos y dar forma a nuestra propia vida.
¿Qué es el aprendizaje?
Ahora bien, ¿qué es el aprendizaje? En el ámbito educativo suele definirse de manera lineal como una relación entre estímulo, aprendizaje y conducta modificada.
Aunque esta idea ayuda a comprender que aprender implica un cambio, resulta insuficiente para explicar la complejidad del proceso.
El aprendizaje debe observarse con mayor profundidad, casi “con microscopio”, porque no ocurre de forma automática ni simple: es el resultado de una interacción compleja entre procesos cerebrales, corporales, emocionales y sociales.
Todo aprendizaje comienza con los sentidos, a través de la sensación y la percepción; primero captamos información del mundo exterior e interior, luego el cerebro la filtra, la interpreta y le asigna significado.
A partir de ahí intervienen la curiosidad, que abre la disposición para explorar; la emoción, que marca la importancia de lo vivido; la atención, que selecciona aquello que merece ser procesado; y la memoria, que permite conservar, reorganizar y recuperar la experiencia.
Desde esta perspectiva, aprender no es solamente recibir información ni repetir una conducta; es transformar el cerebro mediante la experiencia.
Cada aprendizaje significativo modifica redes neuronales, fortalece conexiones sinápticas y reorganiza la manera en que pensamos, sentimos y actuamos.
Por ello, aprender es una facultad biológica, pero también una construcción cultural: nacemos con la capacidad de aprender, pero son la crianza, la educación, el vínculo afectivo, el lenguaje, el juego y la vida social los que convierten esa capacidad en desarrollo humano.
Primera infancia: etapa clave
Conviene entonces observar cómo se desarrolla el cerebro durante los primeros años de vida y, en particular, durante la primera infancia, etapa que comprende de los 0 a los 6 años.
Entre el nacimiento y los 3 años se forman aproximadamente un millón de conexiones neuronales por segundo, lo que convierte este periodo del ciclo vital en el momento de mayor plasticidad cerebral.
Esta velocidad e intensidad de conexión no volverá a repetirse con la misma magnitud en etapas posteriores; por el contrario, conforme pasan los años, la plasticidad disminuye gradualmente.
Sin embargo, esto no significa que el cerebro deje de cambiar o de aprender: la capacidad de aprendizaje permanece durante toda la vida, aunque en la primera infancia alcanza una fuerza excepcional.
Durante esta etapa se construyen las bases sobre las cuales se levantarán los aprendizajes futuros.
El lenguaje, la autorregulación, la seguridad emocional, la curiosidad, la atención, la memoria, la motricidad y las primeras formas de convivencia dependen en gran medida de las experiencias tempranas.
Por ello, la intervención educativa en la primera infancia no debe entenderse como una preparación menor o secundaria, sino como una acción decisiva para el desarrollo humano.
La calidad de la crianza, el vínculo afectivo, el juego, la exploración, la nutrición, el cuidado y los ambientes ricos en estímulos funcionan como verdaderos organizadores del cerebro infantil y pueden convertirse en predictores importantes del desarrollo posterior.
Educación inicial y prácticas pedagógicas
Llegamos ahora a un asunto fundamental: ¿puede todo lo anterior traducirse en acciones educativas concretas? La respuesta es sí.
Si el aprendizaje es un proceso biológico, emocional, sensorial, social y cultural, entonces cada una de sus dimensiones puede ser acompañada, estimulada y fortalecida mediante prácticas pedagógicas adecuadas.
La emoción, la atención, la curiosidad, la motivación, la memoria, el lenguaje, el movimiento y la autorregulación no son capacidades que aparezcan de manera aislada o automática; se desarrollan progresivamente a través de la experiencia, la interacción con los adultos, el juego, la exploración del entorno y la repetición significativa de actividades cotidianas.
Educar en la primera infancia no significa adelantar contenidos escolares ni exigir aprendizajes para los que el cerebro infantil aún no está preparado.
Significa crear ambientes seguros, afectivos, ricos en estímulos y respetuosos del ritmo madurativo de cada niña y niño.
Estancias infantiles y desarrollo integral
En este contexto se comprende la enorme importancia del aprendizaje a temprana edad y, con ello, la relevancia que tienen las Estancias Infantiles del ISSSTE en el desarrollo integral de las niñas y los niños que asisten a ellas.
Estos espacios no deben entenderse únicamente como lugares de cuidado o resguardo, sino como ambientes educativos fundamentales donde se favorecen la seguridad emocional, la socialización, la curiosidad, la autorregulación, el lenguaje, el juego y los primeros hábitos de convivencia.
En la primera infancia, cada experiencia cotidiana deja una huella: la manera en que se acompaña, se habla, se alimenta, se consuela, se juega y se protege contribuye a la organización del cerebro infantil.
Martí Batres Guadarrama, director general del ISSSTE, ha señalado que la atención a la primera infancia constituye una prioridad institucional, precisamente porque en esta etapa se adquieren los primeros aprendizajes y se siembran valores fundamentales para la vida.
Esta visión coloca a las estancias en el centro de una política pública profundamente humana: acompañar a niñas y niños en el momento más sensible de su desarrollo, apoyar a las madres y padres trabajadores y reconocer que cuidar también es educar.
Cimientos del desarrollo humano
En cada canción, en cada juego, en cada alimento compartido, en cada palabra afectuosa y en cada gesto de protección, las Estancias Infantiles del ISSSTE contribuyen a formar los cimientos invisibles, pero decisivos, de la persona.
Allí, en esos primeros años donde el cerebro se abre con mayor fuerza al mundo, no solo se atiende a la infancia: se cultiva la confianza, se siembran aprendizajes y se construye futuro.





