
Entre hojas con tachaduras, nervios y relojes avanzando, estudiantes de nivel medio superior transformaron la escritura en una experiencia en tiempo real durante el concurso Interprepas Nuevos Talentos en el Arte 2026.
Diario Humano | La Paz, BCS . –En general, la literatura suele esconder su cocina; nosotros, los lectores, vemos únicamente la obra terminada, la que ya sobrevivió a veinte correcciones, a las dudas de madrugada, a los adjetivos tachados, a los párrafos movidos de lugar una y otra vez hasta que el texto parece llegar limpio, casi milagrosamente limpio, a nuestras manos. Por eso el jueves, mientras fungía como jurado en el concurso Interprepas Nuevos Talentos en el Arte 2026, organizado en las instalaciones del CONALEP Plantel 19, hubo algo que me descolocó cuando llegué, los cuentos y poemas que iba a evaluar todavía no existían.
Los jóvenes participantes no tenían simplemente que “escribir un cuento” o “hacer un poema”, sino escribir expuestos, bajo el ruido de otras mesas, mientras el reloj avanzaba sobre la pared de la biblioteca, sin la comodidad del archivo editable, sin Google, sin la posibilidad contemporánea de corregir infinitamente hasta sentir que el texto finalmente “merece existir”.
Es curioso, porque el arte en vivo suele asociarse con otras disciplinas como muralistas trabajando frente al público, improvisación teatral, jazz, freestyle, danza contemporánea, performance. Rara vez pensamos la escritura como una experiencia escénica, aunque históricamente lo ha sido. Los surrealistas practicaban escritura automática frente a otros, la poesía oral nació en la plaza pública antes que en los libros, los slams convierten el poema en un acontecimiento corporal y hasta aquellas antiguas máquinas de escribir instaladas en cafés o ferias transformaban el acto íntimo de redactar en una especie de espectáculo. Sin embargo, pocas veces tenemos oportunidad de observar el instante en que alguien intenta convertir una idea en palabras, y eso fue precisamente lo que ocurrió durante este encuentro artístico impulsado por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura y los subsistemas de Educación Media Superior, cuyo objetivo es abrir espacios para que las juventudes sudcalifornianas encuentren plataformas de expresión artística y pensamiento creativo.
Aquellos chicos y chicas estaban escribiendo mientras sostenían la ansiedad, tomaban decisiones narrativas rápidas, lidiaban con el ruido, con el temblor de la mano, con el tiempo. Escribieron con las costuras expuestas. Mientras observaba las mesas llenarse de hojas, tachaduras y letras aceleradas, entendí algo que nunca había visto con claridad como espectadora: la literatura, que normalmente pensamos como una actividad puramente mental, también es física en la espalda que se encorva, en la muñeca que se agota tanto que, hacia el final del ejercicio, incluso la letra comenzaba a deformarse.
En algún momento, mientras los observábamos escribir a toda velocidad, uno de los otros jurados soltó en voz baja “Yo no sé qué escribiría si tuviera que hacerlo así.” Y la verdad es que varios asentimos. Porque una cosa es hablar de literatura desde la comodidad del tiempo, del documento editable y de las correcciones infinitas; otra muy distinta es sentarse frente a una hoja en blanco mientras el reloj avanza y alguien espera un texto terminado al final de la hora.
¿Qué queda de la escritura cuando se le quita la posibilidad infinita de corregirse? En una época donde prácticamente cualquier texto puede editarse hasta el cansancio, donde existe la tranquilidad psicológica de saber que siempre habrá oportunidad para borrar, mover, reestructurar, reescribir y suavizar lo que somos antes de mostrarlo públicamente, ver a estos jóvenes enfrentarse a una hoja en blanco sin red de seguridad resultaba extrañamente brutal. Ahí no había oportunidad de esconder las dudas detrás de una nueva versión del documento, ni de dejar reposar el texto una semana para regresar después con distancia emocional; lo único que existía era ese momento específico, el cuerpo sentado frente al papel y una idea intentando sobrevivir antes de que el tiempo terminara.
Cuando terminó el ejercicio, varios muchachos seguían viendo sus hojas como si todavía alcanzaran a corregir algo más. “Ya cuando entregué fue cuando se me ocurrieron las ideas buenas” dijo uno, riéndose. Otra chica afuera del recinto comentó “Mi cuento en mi cabeza estaba mejor”. Aunque había nervios, también se notaba que habían disfrutado la experiencia.
Fueron notables aquellos cuentos y poemas en que el lenguaje no tuvo tiempo de pulirse hasta lo impecable o perfectamente literario, y emergió entonces una literatura menos domesticada, una escritura que deja ver sus impulsos, incluso sus accidentes. Al final hubo reconocimientos, deliberaciones y lugares ganadores, claro, pero lo verdaderamente importante ocurrió antes, en ese instante silencioso donde los jóvenes comenzaron a mover la mano sobre el papel aun con miedo, aun con dudas, aun sabiendo que el tiempo no les tendría paciencia.
Terminé la jornada con una admiración sostenida hacia todas esas muchachas y muchachos que aceptaron el reto —el extremadamente arriesgado reto— de sentarse frente a una hoja en blanco, en una biblioteca llena de ruido y relojes avanzando, y decidir aun así escribir algo propio, algo imperfecto, algo que todavía no sabe exactamente qué quiere ser. Mientras muchos adultos pasamos la vida corrigiéndonos antes de hablar, borrando mensajes, suavizando opiniones y administrando cuidadosamente la imagen que mostramos a otros, ellos se lanzaron a la página en blanco sin esa protección.