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El siglo que viene se construye hoy

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Por: Ruy Guerrero Piñera

Diario Humano | La Paz, Baja California Sur. – En 1921, cuando todavía no se enfriaba del todo la pólvora de la Revolución, un abogado oaxaqueño llamado José Vasconcelos atravesaba el país repartiendo libros clásicos como la Iliada, la Odisea y Don Quijote de la Mancha en pueblos donde la mayoría no sabía leer. A muchos les pareció un despropósito: ¿Libros clásicos en un México analfabeta, hambriento y armado? Pero Vasconcelos no pensaba en el país que tenía enfrente, sino en el que quería construir. De aquella terquedad nació la Secretaría de Educación Pública, y con ella la idea de que un Estado se sostiene en sus maestros más que en sus ejercitos.

Conviene recordar aquel momento porque se parece al nuestro más de lo que solemos admitir. Hace un siglo, México era un país roto. La Revolución había dejado instituciones frágiles, una economía exhausta y una sociedad agotada por una década de violencia. Sus grandes caudillos habían caído casi todos, y muchas veces a manos de quienes habían sido sus aliados: Zapata en 1919, Carranza en 1920, Villa en 1923, Obregón en 1928. Afuera, el mundo apenas se reponía de la Primera Guerra y pronto se desplomaría en la Gran Depresión. La deuda sofocaba a la nación, la productividad era muy baja y la desigualdad, abismal.

Siin embargo, fue precisamente entonces y no después, (no esperando a que llegue la bonanza) cuando esa  generación entendió que su tarea no era administrar el desastre, sino edificar lo que vendría. En pocos años se fundaron y consolidaron las estructuras que darían forma al país durante el resto del siglo: la educación pública, el Banco de México, las organizaciones campesinas y obreras, la Comisión Nacional de Irrigación (futura CONAGUA) y los primeros caminos de conectividad nacionales. Algunos historiadores llaman a esa etapa la tercera gran transformación de México. Con sus aciertos y sus muchos errores, aquellas generaciones leyeron correctamente las condiciones de su tiempo y diseñaron instituciones a la altura del desafío. De esa apuesta nacieron décadas de crecimiento, de Estado en expansión y de movilidad social.

Un siglo después, volvemos a estar parados sobre una placa que se mueve. El orden internacional cruje por todos lados: las cadenas de suministro se reacomodan, la inteligencia artificial reescribe lo que significa trabajar, la rivalidad entre potencias redibuja los mercados y las sociedades exigen formas de participación que las viejas estructuras ya no saben ofrecer. México, además, vive su propia transformación política, cuyo desenlace todavía se está escribiendo.

Por eso la pregunta de fondo no es quién gobierna, sino qué vamos a construir. Si hace cien años la respuesta fue la escuela pública y el Estado moderno, ¿cuál debe ser la nuestra?

El sueño quizá, debe ser por donde empezó Vasconcelos: la educación. Si entonces el reto era enseñar a leer letras, hoy es enseñar a leer máquinas. La inteligencia artificial no va a esperar a que decidamos si nos gusta; ya está en los salones, en los trabajos y en la forma en que los jóvenes piensan. Un país que enseñe a usarla con criterio y no a temerla o solo a copiar de ella tendrá una ventaja que ningún yacimiento petrolero iguala. La alfabetización del siglo XXI es algorítmica, y quien llegue tarde la pagará caro pues el mayor capital que se tiene en una nación, son sus personas.

De forma no menos preocupante, tenemos el tema del agua, que en regiones como la de nuestro estado no es un tema ambiental sino existencial. Aquí, en la península, vivimos de acuíferos sobreexplotados y de un mar que nos rodea, pero no nos calma la sed. La generación del siglo pasado, creo una comisión para regar el desierto; a la nuestra le toca repensar de raíz cómo se capta, se trata, se rehúsa y se distribuye cada gota. La gestión del agua debería tratarse como lo que es: un asunto de seguridad nacional, tan estratégico como la energía o las fronteras.

De ahí se desprende lo demás. No habrá productividad ni competitividad sin energía confiable, sin infraestructura digital y sin una apuesta seria por innovación tecnológica propia, no solo importada. El reacomodo global, con oportunidades como el nearshoring, le ofrece a México una ventana que no se abre dos veces por siglo; aprovecharla en forma de reto a  Estados capaces y empresas audaces, no solo discursos. Y nada de esto se sostiene sin instituciones fuertes ni sin ciudadanos que participen de verdad. Las instituciones no son edificios ni siglas: son acuerdos vivos sobre cómo queremos resolver nuestros conflictos.

Vasconcelos repartía libros porque entendía que el futuro se construye antes de que llegue. Aquella generación no esperó a tener un país perfecto para empezar a imaginarlo; lo imaginó precisamente porque el que tenía era un desastre. Esa es, quizá, la lección que más nos urge recuperar.

Hace cien años México construyó las instituciones que necesitaba. La pregunta para nuestra generación es más incómoda pero  más hermosa: ¿tenemos la visión para construir las que necesitará dentro de cien años?

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