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Una catedral para los gigantes del mar

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Entre esqueletos suspendidos, historias de evolución y especies emblemáticas del Golfo de California, el Museo de la Ballena y Ciencias del Mar ofrece una experiencia que acerca la ciencia al público y despierta la curiosidad de nuevas generaciones.

Entre esqueletos gigantes y relatos sobre la vida marina, el Museo de la Ballena y Ciencias del Mar de La Paz demuestra que la curiosidad sigue siendo la mejor puerta de entrada al conocimiento.

Diario Humano | La Paz, Baja California Sur. –Llegamos por la mañana al Museo de la Ballena y Ciencias del Mar de La Paz. Afuera, el calor comenzaba a anunciar el verano; adentro nos esperaba otro mundo: uno habitado por esqueletos gigantes suspendidos en el aire, mandíbulas enormes, tortugas, tiburones y criaturas que parecen salidas de una novela fantástica, pero que viven —o vivieron— en las aguas que rodean nuestra península.

El museo ocupa un edificio rehabilitado y modernizado en su interior, un espacio que invita a la contemplación. La iluminación, tenue y cuidadosamente dirigida, realza la textura de los huesos y crea un ambiente de recogimiento, una catedral laica dedicada a los gigantes del mar. El eco de los pasos y la voz de la guía acentúan la majestuosidad de los esqueletos que parecen flotar sobre nosotras.

La visita comenzó con un recorrido guiado. Nuestra guía, paciente y entusiasta, condujo al grupo por las distintas salas mientras mis hijas escuchaban con la atención que solo le otorgan a las cosas verdaderamente asombrosas. Hablaron de las ballenas grises que cada año llegan a Baja California Sur, de la evolución que transformó antiguos mamíferos terrestres en gigantes marinos, de las tortugas que recorren océanos enteros y de la vaquita marina, uno de los animales más amenazados del planeta.

Lo que más me sorprendió no fueron los enormes esqueletos —aunque es imposible no quedarse mirando hacia arriba cuando uno tiene una ballena suspendida sobre la cabeza—, sino la manera en que cada explicación regresaba a una misma idea: conocer para proteger. El museo no solo exhibe especies marinas; también promueve la conservación, la investigación y el cuidado de los ecosistemas que hacen de Baja California Sur uno de los lugares más ricos del mundo en biodiversidad marina. Es un espacio que, como he aprendido, participa activamente en el rescate de especies y en el retiro de redes fantasma, convirtiendo su discurso en acción.

Vi a mis hijas observar huesos con una lupa, levantar la vista para seguir la columna vertebral de una ballena y hacer preguntas sobre animales que hasta hace unas horas desconocían. Pensé entonces que los museos cumplen una función indispensable: sembrar curiosidad.

Por supuesto, también aprendí algunas cosas. Descubrí que la tortuga de Buscando a Nemo me había engañado un poco: las tortugas marinas no viven siglo y medio conservando una eterna juventud. Supe que quedan apenas unas cuantas vaquitas marinas en el mundo y que, pese a su nombre, el tiburón ballena no tiene relación con las ballenas. Frente a aquellos enormes esqueletos, una comprende de golpe la escala del mundo: somos pequeños y, sin embargo, tenemos el privilegio de compartir el planeta con criaturas capaces de recorrer océanos enteros.

En una ciudad que vive de cara al mar, visitar el Museo de la Ballena no se trata únicamente de aprender sobre cetáceos o ecosistemas marinos, se trata de comprender la profunda relación que nuestra tierra mantiene con el océano y con las especies que la habitan. El museo logra convertir la ciencia en una experiencia cercana y emocionante. La cultura también ocurre ahí, en los lugares donde el conocimiento despierta la imaginación. Al salir, vi a mis hijas seguir hablando de tiburones, tortugas y ballenas mientras comían un par de paletas de hielo para atenuar el calor del verano que ya se siente venir. Pensé entonces que pocas cosas cumplen mejor su propósito que un museo del que los niños salen haciendo más preguntas de las que tenían al entrar.

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