
Por: Ruy Guerrero Piñera
Diario Humano | La Paz, Baja California Sur. – Aproximadamente hace 2,500 años, una ciudad costera de tierra pobre y cielo seco se convirtió en la cuna del pensamiento occidental. No tenía campos fértiles ni grandes ríos. Lo que tenía era un puerto, un mar abierto al comercio y una veta de plata. Con eso, Atenas financió su flota, su democracia y, sobre todo, su esplendor: el teatro de Dionisio, la filosofía de Platón, relatos, arquitectura y mucho más. La prosperidad fue el medio; la cultura fue el legado.
Si uno mira con cuidado, La Paz se le parece más de lo que parecería a primera vista.
La Atenas antigua y La Paz de hoy
Empecemos por lo más llamativo. La Atenas de Pericles no solo era la ciudad, sino que se extendía en todo el territorio del Ática. Reunía entre 250 y 300 mil habitantes, contando todo tipo de habitantes: ciudadanos, extranjeros, niños, etc. El municipio de La Paz tiene hoy 292,241 habitantes, según el Censo de 2020 del INEGI. Caemos exactamente en el centro de aquel rango. No es una coincidencia menor: hablamos de comunidades de escala humana, lo bastante grandes para sostener instituciones complejas y lo bastante pequeñas para que una decisión colectiva todavía importe.
Las semejanzas siguen. Ambas son ciudades de mar. Ambas se levantan sobre tierra árida (Atenas dependía de importar alimentos por su escasa superficie cultivable); nosotros conocemos de sobra lo que significa vivir en un desierto. Atenas se catapultó por su comercio y La Paz vive de una captación importante de turismo, antes que de la agricultura. Ambas se poblaron, en buena medida, de gente venida de fuera.
Y ambas tuvieron su plata. La prosperidad ateniense de la Edad Dorada se apoyó en las minas de Laurión, al sureste del Ática. Aquí, dentro del propio municipio de La Paz, El Triunfo y San Antonio fueron, en el siglo XIX, un próspero distrito de plata y oro que atrajo mineros de México, Estados Unidos y Europa, y que exportaba su mineral por el puerto de La Paz. El Triunfo llegó a ser la población más grande de la península. Hoy es un pueblo histórico con un museo y, no por casualidad, un Museo de la Música. La memoria del lugar ya nos está diciendo algo.
El momento que vivimos
El paralelo no es nostalgia: es diagnóstico. Quisiera alejar un poco la lupa y pensar el entero de Baja California Sur, que hoy vive su propia edad de bonanza.
En el tercer trimestre de 2025, el estado lideró el crecimiento económico nacional con un 4.3 por ciento, según el Indicador Trimestral de la Actividad Económica Estatal del INEGI. Somos, además, la segunda entidad con menor pobreza multidimensional del país, con 10.2 por ciento, solo detrás de Baja California. El motor es el turismo: de enero a octubre de 2025, la derrama turística se estimó en 23,747 millones de pesos, un 14.3 por ciento más que el año anterior.
Tenemos, en suma, lo que Atenas tuvo: un puerto, un mar, una bonanza. Lo que nos falta es lo que convirtió a Atenas y a Grecia en algo eterno.
Lo que el dinero no compra
Porque el otro lado de la moneda incomoda. Pese a la prosperidad (quizá precisamente por la forma en que la vivimos), Baja California Sur arrastra una tasa de suicidio consistentemente por encima de la media nacional, de las más altas del país: alrededor de 8.4 por cada cien mil habitantes, frente a un promedio nacional cercano a 7. Y los datos del propio INEGI desmienten la idea fácil de que esto sea cuestión de carencia material: los estados más pobres, como Guerrero y Chiapas, registran las tasas más bajas, mientras varias de las entidades con mayor desarrollo concentran las más altas. La explicación quizá apunte a otra cosa: a la fortaleza o la fragilidad de las redes comunitarias, al arraigo o al aislamiento, al sentido o al vacío.
Dicho de otro modo: el bienestar económico, por sí solo, no teje comunidad. No enseña a una persona a habitar su tiempo libre, no cuida las calles, no abraza al que se siente solo en medio de la abundancia. Eso lo hace la cultura. Lo hizo en Atenas y puede hacerlo aquí.
Si no es ahora, ¿cuándo?
Baja California Sur destaca por su economía, por su naturaleza, por su turismo. Pero, en lo cultural, se ha quedado rezagada respecto de su propio momento. Y los momentos, en la historia de las ciudades, no se repiten a voluntad.
En las bonanzas se encuentran oportunidades. Atenas tuvo la suya y la usó para sembrar lo que todavía estudiamos. La pregunta que me hago, y que quiero dejar abierta, es sencilla y urgente: si no es ahora, con esta economía, con esta paz relativa, con este flujo de visitantes ávidos de algo más que playa, ¿cuándo será el momento de impulsar la cultura en Baja California Sur?
Imaginemos la dupla. Por un lado, la música, la danza, el teatro y las artes visuales como complemento del entretenimiento turístico: una oferta que dé al visitante una razón para quedarse una noche más, y al sudcaliforniano un oficio del cual vivir. Por el otro, esa misma cultura operando puertas adentro: como educación, como civismo, como cuidado de lo común, como antídoto contra el vacío que las cifras de salud mental nos están gritando. Cultura que genera identidad y, a la vez, ingreso. Belleza que, como en Atenas, también es economía.
La propuesta concreta

Las grandes ideas necesitan una casa (una institución). La de Atenas fue la Academia de Platón, que sentó las bases de Aristóteles, de un futuro Alejandro Magno y de toda una línea de pensamiento.
La nuestra ya tiene camino recorrido y simplemente podría ser un añadido: la Facultad de Artes en la Universidad Autónoma de Baja California Sur.
No hablo de un lujo. Hablo de infraestructura para el talento que ya existe y que hoy emigra por falta de un lugar donde formarse. Una facultad que ofrezca a quien tiene talento puro, sin importar de quién venga, acceso a una educación artística contemporánea: composición, artes escénicas, producción y gestión cultural. Un espacio donde la vocación encuentre técnica, y la técnica encuentre comunidad.

La pregunta queda sobre la mesa, para la UABCS, para las autoridades y para la sociedad sudcaliforniana: ¿dejaremos pasar nuestra edad dorada sin convertirla en legado? ¿O haremos, por fin, lo que aquella otra ciudad de mar y de plata supo hacer con la suya?
El momento, me parece, es este. Y no esperará por nosotros.





