
El talento excepcional existe en todas las sociedades, pero solo florece cuando encuentra condiciones para desarrollarse; Baja California Sur enfrenta el reto de no desperdiciar su capital humano
Diario Humano | La Paz, Baja California Sur. – Hay un misterio estadístico que la historia nunca ha resuelto del todo. Florencia, en la segunda mitad del siglo XV, era una ciudad de apenas unas decenas de miles de habitantes. Y sin embargo, en el lapso de dos o tres generaciones, produjo a Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Botticelli, Maquiavelo y una constelación de arquitectos, banqueros, juristas y navegantes que cambiaron el rumbo de Occidente. Si el talento excepcional se distribuyera al azar entre la población, semejante concentración sería prácticamente imposible. Los investigadores de la creatividad le han puesto nombre al fenómeno: el problema del exceso de genio. Y su respuesta incomoda, porque no tiene nada que ver con la genética.
Antes de llegar ahí, conviene una distinción. Solemos confundir al superdotado con el genio, y no son lo mismo. El superdotado es quien procesa a velocidades extraordinarias, quien llega a conclusiones abrumadoras para el resto; es real, existe, y ocupa un percentil diminuto de cualquier población. Pero la genialidad es otra cosa: nace de personas que entienden algo distinto y pelean por esa visión contra la corriente. Muchos genios de la historia no fueron los más rápidos de su generación; fueron los más disruptivos. Tuvieron una inteligencia por encima del promedio, sí, pero sobre todo tuvieron la terquedad de sostener una idea que nadie más veía y las condiciones para desarrollarla. Esa última parte “las condiciones” es la clave de todo este asunto.
Porque el Renacimiento no fue una lotería biológica. Fue un ecosistema. Los Médici banqueros, no artistas financiaron talento sin exigir resultados inmediatos. Los talleres florentinos permitían que un adolescente sin apellido aprendiera junto a los grandes maestros: Leonardo era hijo ilegítimo de un notario y una campesina, y aun así entró al taller de Verrocchio. Las comisiones públicas ponían a los artistas a competir a la vista de todos. Ese caldo de cultivo no solo produjo pintores: produjo ingenieros, cartógrafos, mercaderes visionarios y, con el tiempo, sembró las condiciones que un siglo después darían a Descartes y la Revolución Científica, y dos siglos después a la Ilustración. El genio no aparece donde nace; aparece donde se cultiva.
¿Y hoy? Hoy también hay genios, aunque los reconozcamos tarde y mal. Basta estudiar el pensamiento de algunas de las cabezas empresariales que aparecen en las listas de Forbes: personajes que operan simultáneamente en la política, la visión internacional y los acuerdos entre pares, y que multiplicaron lo que tenían por entender el mundo de una manera poco convencional. No toda fortuna es genialidad hay herencias y hay suerte, pero el genio estratégico-comercial existe y también existió en el Renacimiento: los propios Médici lo eran. El punto no es admirar la riqueza; el punto es notar que ese tipo de mente floreció, en su momento, gracias a un entorno que la dejó florecer.
Aquí viene la pregunta que nos toca. Si hace quinientos años una sociedad pequeña logró proyectar genios en la ingeniería, la música, la pintura, la navegación, el comercio y el derecho, fue porque sus características mismas apoyaban esa proyección. ¿Qué estamos haciendo nosotros? Seamos honestos: La Paz no es la Florencia de nuestra época, y Baja California Sur no tiene bancos Médici. Pero eso, lejos de excusarnos, nos obliga. Precisamente porque nuestros recursos son limitados, no podemos darnos el lujo de desperdiciar el único capital que tenemos en abundancia y que no depende de ningún tesoro externo: el capital humano. La matemática es simple y contundente: si el talento excepcional se distribuye en toda población, en una entidad de más de ochocientos mil habitantes hay, ahora mismo, decenas de mentes extraordinarias caminando entre nosotros. La pregunta no es si existen. La pregunta es cuántas estamos dejando ir.
Cada niña con oído absoluto que no encuentra una escuela de música, cada muchacho que entiende los números de forma distinta y termina abandonando por falta de becas, cada creador que emigra porque aquí no hay taller, mecenas ni comisión pública que lo rete: cada uno es un Leonardo que decidimos no tener. Y la ironía es que hacerlo bien no requiere la fortuna de los Médici; requiere eficiencia. Requiere que las instituciones educativas, los gobiernos y la iniciativa privada dejen de ver el talento como un gasto y empiecen a verlo como la inversión de mayor retorno social que existe.
Por eso la inclusión sin importar estatus social, etnia ni género no es un gesto de caridad ni una moda discursiva: es la única estrategia racional para una sociedad que quiere prosperar. Florencia entendió que el hijo ilegítimo de un notario podía ser Leonardo. Nosotros todavía estamos a tiempo de entender lo mismo. Los genios ya están aquí. La pregunta es si vamos a construir el taller donde puedan trabajar, o si dentro de quinientos años alguien escribirá sobre nosotros preguntándose por qué, teniendo todo el talento, no hicimos nada con él.





