
Por: José Jesús Flores Castro
Diario Humano | La Paz, Baja California Sur. – Antes de describir esta etapa conviene aclarar los neuromitos que distorsionan su comprensión. Adolescente procede del latín adolescens, participio de adolescere, que significa crecer o desarrollarse; no deriva de adolecer ni identifica a quien padece una carencia. Tampoco posee un cerebro incompleto, apagado o irracional: sus redes funcionan, aunque continúan reorganizándose. Las hormonas participan en la pubertad, pero la conducta depende de la experiencia, el sueño, el estrés, los vínculos, la cultura y el entorno. Los adolescentes reconocen los riesgos, aunque, bajo excitación, presión social o recompensa inmediata, pueden valorar más el beneficio cercano que una consecuencia futura. Ser “nativo digital” tampoco permite efectuar varias tareas exigentes simultáneamente. Cuando estudiar y revisar notificaciones demandan atención consciente, el cerebro alterna entre ambas y paga un costo en tiempo, errores y comprensión. Desmontar estos mitos permite abandonar las etiquetas y comprender la adolescencia como una etapa de crecimiento, aprendizaje y autonomía progresiva.
La adolescencia comienza con la pubertad y se extiende hasta el comienzo de la adultez. Durante estos años cambian el cuerpo, la identidad, la sexualidad, la relación familiar y la pertenencia al grupo. Paralelamente, el cerebro atraviesa una remodelación que refina circuitos existentes. La poda sináptica debilita conexiones poco utilizadas y estabiliza otras según su uso, significado y coordinación con redes más amplias. La mielinización mejora la velocidad y precisión con que circula la información entre regiones. Ambos procesos favorecen una comunicación más eficiente y una creciente especialización, pero dependen de las experiencias. Lo practicado puede consolidar hábitos, expectativas y formas de dirigir la atención.
Las redes vinculadas con las funciones ejecutivas continúan desarrollándose. La planificación, la memoria de trabajo, el control inhibitorio, la flexibilidad y la evaluación de consecuencias están disponibles, pero su funcionamiento pierde estabilidad con cansancio, estrés, presión de los pares o activación emocional. Por eso, un adolescente puede razonar en un contexto tranquilo y decidir de otra manera cuando se siente observado o espera una recompensa inmediata. No se enfrentan un cerebro racional y otro emocional; intervienen redes que integran memoria, emoción, motivación, información social y objetivos, cuya coordinación cambia según la situación y apoyos disponibles.
También aumenta la sensibilidad ante la novedad, la recompensa y la aceptación social. Estos cambios motivacionales favorecen la exploración y el aprendizaje de aquello que resulta relevante. Cumplen una función adaptativa: ayudan a separarse progresivamente de la familia, establecer relaciones, descubrir intereses y construir un proyecto propio. El grupo de pares adquiere importancia porque proporciona información sobre pertenencia, reconocimiento e identidad. La creatividad, la intensidad emocional y el deseo de participar constituyen recursos para aprender cuando encuentran desafíos significativos, posibilidades de elección y ambientes donde equivocarse no produzca consecuencias irreparables.
La plasticidad permanece activa y convierte la adolescencia en un periodo fértil para adquirir conocimientos, habilidades y hábitos. Cada experiencia no modifica el cerebro de forma permanente, pero la repetición, la emoción, la atención y el significado favorecen la consolidación de circuitos. Aprender requiere seleccionar información, relacionarla con conocimientos previos, mantenerla en la memoria de trabajo, recuperarla y aplicarla. Por ello, la calidad del entorno educativo importa: lectura, conversación, actividad física y retos graduados promueven capacidades distintas de las generadas por interrupciones y estimulación continua.
El sueño completa este panorama. Los ritmos circadianos adolescentes tienden a retrasar la somnolencia, mientras muchas obligaciones escolares exigen despertar temprano. Durante el descanso se estabilizan recuerdos, se regulan respuestas emocionales y se recuperan recursos atencionales. Dormir poco afecta el ánimo, la memoria, la atención y el control inhibitorio. Este desajuste natural no vuelve irresponsable al adolescente, pero reduce su margen de autorregulación cuando el entorno prolonga todavía más la vigilia y compromete el aprendizaje.
Esta base neurobiológica explica por qué ciertas formas de consumo digital resultan problemáticas. Las plataformas registran qué se mira, cuánto, qué se repite, comparte o descarta, y utilizan esas señales para ordenar la recomendación. El desplazamiento infinito, la reproducción automática, las notificaciones, las rachas y los indicadores de aprobación convierten cada interacción en la promesa de novedad. El algoritmo no controla la mente, pero organiza un ambiente que coincide con la sensibilidad hacia la recompensa, la exploración y el reconocimiento social. La vulnerabilidad no nace de una deficiencia cerebral, sino del encuentro entre una etapa receptiva al aprendizaje y sistemas diseñados para prolongar la conexión.
El primer impacto educativo aparece en la atención. Cuando una notificación interrumpe el estudio, el cerebro suspende una meta, atiende el mensaje y reconstruye después el contexto de la tarea original. Esta alternancia es la operación oculta bajo la multitarea. Dos actividades automatizadas pueden coincidir, pero dos tareas que requieren control consciente compiten por recursos limitados. Cada cambio aumenta el tiempo necesario, facilita errores, produce cansancio y reduce la profundidad con que se codifica la información. El adolescente puede sentirse ocupado, aunque comprende y recuerda menos. La familiaridad con los dispositivos permite manejarlos rápidamente, pero no elimina los límites de la atención ni amplía la memoria de trabajo del estudiante.
La exposición constante a contenidos breves puede modificar la relación con el esfuerzo cognitivo. Comprender un texto, resolver un problema o elaborar un argumento exige sostener una meta y tolerar periodos sin recompensa inmediata. Cuando cada pausa se llena con videos o mensajes, disminuyen las oportunidades para reflexionar con detenimiento, imaginar e integrar conocimientos. Las pantallas no destruyen inevitablemente la concentración; sin embargo, cambiar de actividad ante la dificultad puede fortalecer una atención dependiente de estímulos externos. El aprendizaje profundo necesita tiempo, recuperación activa, elaboración y momentos de silencio cognitivo.
A esta dimensión atencional se añade la construcción del sentido del yo y de la manera de relacionarse con los demás, procesos especialmente activos durante la adolescencia. La mirada de los pares adquiere importancia porque aporta información sobre pertenencia, reconocimiento e identidad propia. Las redes sociales convierten esa evaluación en una experiencia permanente y cuantificable mediante seguidores, comentarios y reacciones. Los algoritmos no crean la necesidad de aceptación, pero pueden amplificarla al transformar cada interacción social en una recompensa inmediata y cada comparación en una referencia para interpretar la normalidad y valorarse a sí mismo.
El consumo nocturno agrava el desajuste del sueño. Las conversaciones, la reproducción encadenada, las alertas, la activación emocional y la luz retrasan el momento de dormir. Cuando el descanso se acorta, disminuyen la atención, la regulación emocional y el control necesario para interrumpir el uso. Surge un círculo perjudicial: el cansancio dificulta desconectarse, la conexión prolongada retrasa el sueño y la privación reduce nuevamente la autorregulación. Además, el tiempo digital desplaza actividad física, convivencia presencial, lectura extensa, estudio, participación comunitaria y contacto con espacios abiertos, experiencias necesarias para el desarrollo.
Hablar de pantallas como si todas fueran equivalentes conduce a otro reduccionismo. Crear, investigar, programar o colaborar no produce la misma experiencia que consumir pasivamente un flujo interminable. El riesgo aumenta cuando el uso es persistente, fragmentado, nocturno, perturbador, difícil de detener y sustituye actividades esenciales. Tampoco todo uso intenso constituye una adicción; un patrón problemático supone pérdida de control, deterioro significativo y persistencia pese a sus consecuencias. Para valorar adecuadamente cada caso, hay que preguntar qué hace el adolescente, cuándo, con quién, para qué y qué actividad queda desplazada.
La respuesta educativa debe fortalecer la autonomía sin dejar al adolescente solo ante mecanismos diseñados por adultos. Al estudiar, conviene silenciar notificaciones, realizar una tarea exigente a la vez y planificar pausas. En casa, conviene mantener el teléfono fuera del dormitorio, proteger el sueño y acordar momentos sin dispositivos. La escuela debe enseñar alfabetización algorítmica: preguntar por qué apareció un contenido, qué emoción provoca, qué datos alimentan la recomendación, qué perspectivas excluye y quién se beneficia de prolongar la conexión. El ejemplo adulto resulta indispensable para que las reglas convenzan.
En conclusión, el cerebro adolescente puede aprender, crear y reorganizar hábitos, pero es sensible a los ambientes que compiten por su atención. Las pantallas no son un enemigo; el problema aparece cuando su consumo persistente aprovecha la búsqueda de novedad y aprobación social, fragmenta la atención, altera el sueño o desplaza experiencias necesarias. Proteger al adolescente no significa tratarlo como incapaz ni limitarse a prohibir, sino compartir responsabilidades entre familias, escuelas, empresas y autoridades, establecer límites y enseñar a comprender los algoritmos. Si el diálogo nacional en curso no comprende la naturaleza del cerebro adolescente, será un mal augurio para la pertinencia de sus conclusiones. La tecnología debe quedar subordinada al aprendizaje, el pensamiento crítico, la convivencia y los proyectos personales; nunca el desarrollo a los intereses de las plataformas. Vale la pena reiterar, para terminar, que la presidenta Claudia Sheinbaum tomó la determinación de convocar a este diálogo nacional debido a su gran sensibilidad y su capacidad de una enorme estadista, que le permite ver que el futuro depende de que hoy hagamos bien las cosas con nuestras niñas, niños y adolescentes.





