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La fuerte identidad cultural de Baja California Sur sin obra artística

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Por: Ruy Guerrero Piñera

Diario Humano | La Paz, Baja California Sur. – Aunque Baja California Sur nació como estado en 1974, esta tierra no carece de identidad. Tenemos nuestra forma de hablar, costumbres, comida y temas que nos aparecen constantemente en la mente, como el cuidado del medio ambiente, la fauna marina y el borrego cimarrón. No obstante, siempre hay tres piezas que se repiten cuando se habla de nuestra cultura: las pinturas rupestres, el vestido de flor de pitahaya y la cuera en la vestimenta. Y en comparación a otras regiones de México, algo falta.

Empecemos por lo que siempre se pone al frente. Las pinturas rupestres de la Sierra de San Francisco son extraordinarias y no pretendo restarles nada: figuras de tamaño natural o mayor repartidas en doce cañones principales, más de dos mil sitios registrados y un reconocimiento de la UNESCO desde 1993 que las coloca entre los conjuntos de arte prehistórico más importantes del planeta.

El problema no es lo que valen, sino el uso que les damos. Son un patrimonio heredado sin continuidad. Cuando los misioneros preguntaron a los cochimíes quién las había pintado, respondieron que una antigua raza de gigantes venida del norte. Ni ellos se reconocían herederos. Presentarlas como nuestra carta de identidad artística termina funcionando como coartada, porque nos ahorra la pregunta de ¿qué hemos producido nosotros? Y hay mucho más que eso.

Lo que otros sí exportan

Europa presume su cúspide cultural con Miguel Ángel en la pintura, Mozart y Chopin en la música, Cervantes en la literatura. No presume su arte rupestre de Altamira ni de Lascaux, aunque lo tenga. Presume lo que sus sociedades produjeron cuando se convirtieron en civilizaciones complejas.

México también posee su fuerza artística, y conviene decirlo porque existe una condescendencia que insiste en reducir lo mexicano a un sonsonete, como si la música afrodescendiente y la prehispánica fueran solo golpear percusiones y lanzar gritos guturales. La banda sinaloense es una arquitectura de alientos que proviene de una complejidad musical muy interesante. El son jarocho es un sistema armónico y poético heredado del barroco andaluz, cruzado con influencias africanas e indígenas. José Alfredo Jiménez, Armando Manzanero y Juan Gabriel escribieron obras convertidas en iconos de identidad mexicana, que se montan en jazz, en orquesta y en ópera, y aguantan cada traslado. Eso es lenguaje complejo. Eso es lo que se exporta.

¿Y qué obra tiene Baja California Sur para ofrecer?

ANTES: ¿Cómo se repartió la cultura regional mexicana?

Recordemos que México no es tan antiguo: tenemos poco más de doscientos años de historia independiente, y se insiste en que el primer siglo fue un caos, aunque nos haya dejado buena parte de la pintura que hoy se expone en la Ciudad de los Palacios. La construcción de los regionalismos se volvió hito a partir de 1921, con la creación de la Secretaría de Educación Pública y el proyecto cultural de José Vasconcelos, que continuó hasta los años cincuenta y nos regaló el cine de oro mexicano. En esa década de 1920 se produjo el auge nacional de las tradiciones populares, y la SEP, mediante libros, revistas, exposiciones y festivales, convirtió las artes populares en patrimonio protegido por el Estado. Después llegaron la radio, el cine y los ballets folclóricos a coronar el trabajo.

Si revisamos el jarabe tapatío, es colonial en su origen, pero se consagra como baile nacional a partir de las presentaciones de Anna Pavlova en 1919 y 1925. La banda sinaloense tiene como raíz las bandas militares y civiles europeas del siglo XIX, sobre todo alemanas, pero su formato moderno aparece en los años veinte y El Recodo se funda en 1938.

Hubo, entonces, un momento en que el Estado mexicano decidió qué regiones representarían al país: Jalisco, Veracruz, Sinaloa, Oaxaca, Yucatán, Michoacán, por mencionar los más famosos. Y cuando se repartió la nación en símbolos, se financió su difusión con escuela, radio y cine. Lamentablemente, Baja California Sur no se encontraba en la mesa, pues era un territorio y no un estado, con sus habitantes esparcidos en mil kilómetros de desierto.

El vacío de nuestra región en comparación del resto de México.

Hay una razón más profunda. En el centro y el sur del país, el arte regional nació del choque de dos o hasta tres matrices vivas: la indígena, la española y la africana. Se mezclaron durante todo el periodo de la Nueva España y los primeros cien años del México independiente. De esa fusión nacieron los géneros regionales, la comida típica, las indumentarias y las devociones. Fueron placas empujándose de manera natural hasta que la costumbre se hizo arte.

Ese choque no ocurrió acá. Los guaycuras, bajos en número, se extinguieron como cultura hacia 1800, mayormente por enfermedades europeas. Los pericúes quedaron extintos lingüística y culturalmente desde finales del siglo XVIII. Los bailables de los antiguos californios se extinguieron junto con ellos: Salvatierra alcanzó a registrar más de 30 en Loreto, y de todos ellos solo quedó uno descrito, la Danza del mico.

30 danzas, y apenas sabemos cómo se llamaba una.

Folclor de mediados del siglo pasado

El vestido de flor de pitahaya, símbolo del estado, nació de un concurso convocado en 1955. La Danza de los Cañeros nació en Todos Santos en 1959. El Tupé (baile de polca) fue rescatado por una cronista. Musicalmente, nuestro repertorio son chotis, polcas, valses y zapateados adaptados de la matriz norteña.

Esto no lo hace falso ni menor: todas las tradiciones fueron nuevas alguna vez. Pero sí es relativamente joven. Es un folclor institucional de menos de cien años, construido a conciencia por maestros y promotores que intentaron levantar una identidad con miras al futuro.

Y aquí está la diferencia que casi nunca se nombra. Un folclor se conserva, se enseña y se baila. Una escuela artística hace otra cosa: produce obras nuevas que dialogan entre sí, se corrigen unas a otras y le van dando profundidad al lenguaje. Jalisco no solo conserva el mariachi, también lo ha vuelto a componer durante un siglo. Nosotros nos quedamos casi siempre en el rescate y muy poco en la creación, y por eso el conjunto se siente delgado: no porque lo que tenemos sea malo, sino porque es poco y lleva demasiado tiempo repitiéndose igual. Un patrimonio que solo se conserva envejece. Uno que además se compone, crece.

Las artes obligan a preguntar

Conviene detenerse en algo que se pierde en toda esta discusión. Dentro de la cultura están las artes, y las artes no son un adorno del inventario: son un lenguaje que obliga a preguntar. Frente al Hombre en llamas de Orozco, en la cúpula del Hospicio Cabañas, uno no se queda en el dato de que mide 11 metros y está a 27 del suelo. Uno pregunta por qué lo puso en la cúpula y no en un muro, por qué la figura parece cambiar de posición según desde dónde se le mire, por qué arde y hacia dónde asciende. Lo mismo pasa con una fachada, con una obra musical, con cualquier pieza que valga la pena. Esas preguntas son el arte funcionando.

Con nuestro propio patrimonio casi nunca las hacemos. Un ejemplo: en el Museo Regional de Antropología e Historia en una de sus 2 perspectivas que ofrece su representación, existe un sol pintado al estilo rupestre, en negro. ¿Qué emana un sol negro? ¿Tinieblas en lugar de luz? Puede ser una convención técnica, puede ser una decisión museográfica, puede ser una lectura mía muy personal. Pero esa es la clase de pregunta que deberíamos estar haciéndonos frente a nuestras propias imágenes, y que no nos hacemos porque el patrimonio se administra como inventario y no como lenguaje.

El Triunfo, ¡la prueba de que sí se puede!

A 45 minutos de La Paz hay un pueblo que demuestra que esto no es destino. El Triunfo llegó a tener más de 4,000 habitantes y fue la localidad más grande del estado a finales del siglo XIX. La plata trajo mineros y comerciantes de medio mundo, y con ellos entró música culta al territorio. Cuya historia la sepultaron los huracanes, la revolución y la caída del precio de la plata transformándolo en un pueblo fantasma. Pero si hubo un momento de altura cultural en esta tierra, lo financió la bonanza, pero se apagó con ella porque nunca se convirtió en institución.

Hoy, como recuerdo, tenemos en La Vieja Casona, el Museo de la Música conserva pianos, partituras, otros instrumentos, documentos donados por familias de El Triunfo y de La Paz y hasta un traje de María Félix, siendo este museo una de las colecciones de pianos más completas del país.

El talento nunca ha sido el problema

Quiero cerrar reconociendo lo que este pueblo sí ha demostrado, porque sería injusto y además falso decir que aquí no ha salido nadie.

Manuel Márquez de León, nacido en el mineral de San Antonio, fue militar, gobernador de Durango y Sinaloa, y escribió el único libro de filosofía que produjo la región en su tiempo. Rosaura Zapata Cano, paceña, organizó la educación preescolar en México y llevó ese trabajo hasta un congreso en París cuando esta tierra era un territorio remoto y despoblado. Pablo L. Martínez reunió en un solo volumen casi toda la historia de las Californias, y el Archivo Histórico del Estado lleva hoy su nombre. Y cada año, los premios estatales de literatura siguen sacando poetas, narradores y ensayistas nacidos aquí, en un estado que es el menos densamente poblado del país.

Pero vale la pena mirar cómo llegan los artistas y emprendedores modernos. Casi siempre por su cuenta: en colectivos que se organizan solos, con rifas, con cooperaciones entre vecinos, con apoyos extraordinarios que hay que ir a pedir uno por uno y de puerta en puerta. Muchos llegan lejos y se vuelven motivo de orgullo, y con razón. Lo que casi nunca decimos es que ese orgullo se construyó a pesar de nosotros y no gracias a nosotros. Cada vez que celebramos a alguien que salió adelante solo, estamos celebrando también el hueco que lo obligó a hacerlo. De eso es de lo que tenemos que tomar conciencia como sociedad.

Somos pocos, dispersos, aislados, con clima duro y poca agua, y aun así seguimos produciendo gente sobresaliente en una proporción que no corresponde a nuestro tamaño y condiciones. Este es un pueblo de carácter fuerte, hecho a resolver con poco y hacerlo a lo grande. El talento existe, y existe en cantidad.

Lo que falta no es materia prima. Es dirección: instituciones que formen ese talento y lo pulan, que la publiquen y que le abran un lugar útil junto a los demás oficios. Porque el arte no vive aparte de la ciudad: se cruza con el diseño, la arquitectura, la educación, la comunicación y hasta con lo que le ofrecemos al visitante y habitantes. Una facultad de artes, una orquesta con encargos a compositores vivos, publicación de partitura y de libro, becas que no dependan de sexenios. Hoy el estado vive otra bonanza. La pregunta es si esta vez la vamos a convertir en institución, o si vamos a repetir El Triunfo y dejar que en cien años alguien visite el museo de nuestros restos.

Séneca lo dijo hace dos mil años: «para quien no sabe a qué puerto se dirige, ningún viento le es favorable».

Llevamos rato corriendo. Falta decidir hacia dónde queremos ir.

Fuentes

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