
Sunami Flores relató el proceso que la llevó de la formación en artes visuales a la fabricación de vestuario, marionetas y efectos para producciones audiovisuales
Diario Humano | La Paz, Baja California Sur. – Antes de trabajar en producciones como Soy Frankelda, Women Wearing Shoulder Pads y la segunda temporada de Cien años de soledad, Sunami Flores aprendió acuarela, grabado, pintura, modelado, costura y otras técnicas sin saber con precisión dónde terminaría utilizándolas. Años después, buena parte de esos conocimientos reaparecieron en forma de vestuarios diminutos, marionetas para stop motion, moldes, piezas de silicón y efectos especiales para cine.
Ese recorrido fue el tema de la charla “La suerte de estar preparado: una trayectoria de oportunidades entre el arte, el cine y la animación”, impartida este miércoles 14 de octubre en el Museo de Arte de Baja California Sur (Muabcs), donde la artista plástica y docente reconstruyó su experiencia profesional no como una sucesión lineal de logros, sino como un proceso de aprendizaje, ensayo y solución de problemas.
Sunami Flores nació en La Paz y salió de Baja California Sur para estudiar Artes Visuales en la Universidad de Guadalajara (UdG). Recordó que llegó a esa etapa con el deseo de aprender, aunque sin tener claro para qué servirían todas las herramientas adquiridas durante la carrera. La acuarela, el óleo pastel y el grabado formaron parte de aquella preparación inicial.
“Simplemente sabemos que tenemos una necesidad de crear o de estudiar, pero, pues al final, ¿qué sigue?”, planteó durante la conferencia. Esa incertidumbre terminó convirtiéndose en uno de los factores clave de su trabajo: aprender antes de conocer con exactitud cuándo o dónde podrá aplicarse ese conocimiento.
Aprender a resolver
Su acercamiento al stop motion ocurrió en Guadalajara, Jalisco. La oportunidad de incorporarse a proyectos de animación la obligó a trasladar conocimientos provenientes de las artes plásticas hacia necesidades concretas de producción. Una de las primeras fue aparentemente sencilla: fabricar una boina para una marioneta.
Le entregaron una imagen como referencia y una indicación: “resuelve”.
A partir de entonces, explicó, comenzó a entender buena parte de su trabajo desde una idea que todavía utiliza en sus clases: resolver problemas de forma creativa. Para fabricar personajes tuvo que aprender patronaje, vestuario, elaboración de moldes, estructuras internas, vaciados, escultura, modelado y manejo de diversos materiales.
Su madre, quien tenía conocimientos de costura y patronaje, fue también parte de ese aprendizaje a distancia durante sus primeras experiencias. Mientras los proyectos exigían botones, prendas y accesorios cada vez más pequeños, Flores buscaba tutoriales, hacía pruebas y desarrollaba nuevas habilidades.
“Yo quería hacer de todo”, recordó al explicar por qué encontró en las marionetas una disciplina especialmente atractiva. Construir un personaje para animación obliga a pensar simultáneamente en estructura, movimiento, pintura, vestuario, textura y resistencia.
Uno de aquellos trabajos fue el cortometraje Hasta pronto, cuya realización se extendió durante casi seis años. La experiencia también modificó su forma de entender el trabajo artístico: frente a la imagen del artista que produce en solitario, encontró en la animación equipos numerosos en los que cada especialidad depende de las demás.
Calafia y una formación hecha personaje
Para su proyecto de titulación decidió reunir buena parte de esos conocimientos mediante la construcción de una marioneta y un material sobre el proceso para realizarla. De esa investigación nació su propia versión de Calafia, personaje inspirado en el relato que dio origen al nombre de California.
El ejercicio le permitió experimentar con moldes, color, estructuras, espumas, vestuario y hasta una peluca elaborada con hilo. Cada elemento debía resolver, además de una decisión estética, una necesidad práctica: ser ligero, mantenerse en determinada posición o resistir el movimiento cuadro por cuadro.
Flores señaló que el proyecto le permitió comprender que no existe una sola manera correcta de construir una marioneta. La información técnica es el punto de partida; después comienza la experimentación y, con ella, el desarrollo de una forma propia de trabajar.
La pieza terminó por exhibirse como parte de su proceso de titulación en Guadalajara y, de acuerdo con la artista, representó la primera ocasión en que un proyecto de stop motion de este tipo se presentó en ese espacio.
La escala cambió con Soy Frankelda
Con experiencia acumulada y un trabajo que comenzaba a ser identificado dentro de la comunidad de animación, Flores llegó a proyectos profesionales de mayor escala. Su traslado de Guadalajara a Ciudad de México abrió otra etapa.
En Cinema Fantasma participó en procesos vinculados con Women Wearing Shoulder Pads y Soy Frankelda. Ahí las exigencias cambiaron: había más especialización, materiales distintos y, sobre todo, tiempos de entrega mucho más estrictos.
La confección de vestuario, por ejemplo, dejó de consistir únicamente en resolver una prenda. Para determinados personajes era necesario producir varias versiones prácticamente idénticas para garantizar la continuidad durante la animación. En uno de los casos recordó haber realizado cinco vestuarios iguales.
También trabajó con moldes de resina, espumas, silicones y estructuras internas para personajes. Una mano que aparece durante apenas unos segundos en Soy Frankelda implicó procesos de construcción, resane y acabado que recuperaban conocimientos adquiridos años atrás en cursos que, cuando los tomó, no sabía exactamente para qué utilizaría.
“Tú no sabes para qué te van a servir todas las herramientas que vas adquiriendo durante tu vida”, resumió.
De las marionetas a Cien años de soledad
El siguiente cambio fue de escala. Tras trabajar con personajes pequeños, ingresó a un taller de efectos especiales para producciones con actores, donde participó en trabajos destinados a la segunda temporada de Cien años de soledad.
Flores formó parte del área encargada de elaborar transfers, piezas utilizadas para crear envejecimientos, cicatrices y otras modificaciones sobre la piel de los personajes. Los materiales no le eran completamente ajenos: volvió a encontrarse con siliconas y procedimientos similares a los empleados en las marionetas, pero ahora aplicados al cuerpo humano y bajo tiempos de producción todavía más reducidos.
Las piezas eran elaboradas para enviarse a Colombia, donde se realizaba el rodaje. También intervino en otros procesos de efectos especiales, entre ellos reproducciones corporales y trabajos que exigían detalles suficientemente precisos para continuar posteriormente en las áreas de maquillaje.
El cambio confirmó una de las ideas que atravesaron toda su charla: una técnica aprendida para determinada disciplina puede reaparecer años después en un contexto diferente.
“Ya tengo las herramientas, creo que las puedo aplicar”, recordó sobre la forma en que comenzó a enfrentarse a áreas en las que no se consideraba especialista.
Volver a La Paz no fue volver al inicio
Después de casi 11 años en Guadalajara y de su paso por Ciudad de México, Flores regresó a Baja California Sur. Actualmente se encuentra a cargo de talleres de arte en el Museo de Arte de Baja California Sur.
La vuelta, explicó, no significó regresar al punto de partida. “Estoy regresando, pero con nuevas herramientas, con nuevos aprendizajes”, expresó al plantear la pregunta que ha acompañado distintas etapas de su trayectoria: “¿qué sigue?”
Después de años trabajando en proyectos de otras personas, dijo que una posibilidad es comenzar a desarrollar obra y proyectos propios desde La Paz. Entre sus intereses mencionó incluso la posibilidad futura de impulsar formación o proyectos de animación en Baja California Sur y transmitir parte de los conocimientos adquiridos fuera del estado.
Durante la conversación con el público también habló del desgaste que puede producir convertir una vocación en trabajo. Reconoció que llegó cansada después de algunas experiencias en la industria cinematográfica y que volver a La Paz y a la enseñanza le permitió retomar gradualmente prácticas de las artes plásticas que había dejado durante años para concentrarse en la animación.
Para Flores, esa relación tampoco sigue una línea recta: hay momentos para concentrarse en una disciplina, abandonarla temporalmente, regresar a ella o encontrar otra nueva.
“No siempre llegan las oportunidades solitas”
El título de la conferencia abrió inevitablemente una pregunta sobre la suerte. Flores reconoció que a lo largo de su carrera encontró personas que le dieron oportunidades y espacios para aprender, pero matizó la idea de que los proyectos importantes llegan sólo por azar.
La oportunidad, sostuvo, necesita encontrar conocimiento, herramientas y disposición para trabajar.
También recomendó buscar esos espacios en lugar de esperar a ser descubierta. Contó que su incorporación al propio Museo de Arte comenzó de una forma sencilla: entró a preguntar si había posibilidad de impartir clases y mostró lo que sabía hacer.
“No siempre llegan las oportunidades solitas”, dijo.
Para quienes contemplan salir de Baja California Sur para estudiar o desarrollarse profesionalmente, su mensaje tampoco fue presentar la migración como garantía de éxito. Ella misma, recordó, salió sin conocer el destino final de lo que estaba aprendiendo.
Lo importante, planteó, fue aceptar esa incertidumbre, adquirir herramientas y mantenerse dispuesta a trasladarlas a territorios nuevos.
Al concluir la sesión, el Museo de Arte destacó el trabajo detrás de una producción: las pruebas, errores, aprendizaje, fabricación de piezas, elaboración de personajes y colaboración entre distintas especialidades. El recinto le entregó una constancia por su participación en el programa.
Para Sunami Flores, hacer arte sigue significando enfrentarse a algo que todavía no sabe resolver y encontrar la manera de hacerlo.