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La conciencia se despierta cuando es tocada por el corazón

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Conocer la incondicionalidad del amor duele, pero es un gozo y un hermoso regalo, un logro para el espíritu y aprendizaje indispensable para su trascendencia

Diario Humano | La Paz, Baja California Sur. – La conciencia se despierta cuando es tocada por el corazón. El proceso mental poco logra tratándose de caerte “el veinte” del por qué o para qué de un algo en tu vida; puedes encontrarle la lógica, puede hacerte sentido, pero no moverás la conciencia mientras esta no sea tocada por el corazón, como si la emoción fuera la llave exclusiva.

En mi práctica como conferencista y terapeuta lo he visto una y otra vez; solamente cuando algo duele, cuando algo se toca, se acepta el impacto que ese dolor tiene y ha tenido en nuestra conducta, que es el efecto último del cúmulo de creencias y emociones que recopilamos a lo largo de nuestra vida.

Compartía en mi charla “Ámate a ti misma” que tenemos hijos acompañantes e hijos maestros. Los acompañantes te vuelven todo ligero, le dan un sentido de fluidez a la vida, te hacen sentir que tu intuición te lleva por el buen camino, que eres acertado, acertada, que lo estás haciendo bien, que tu crianza está reflejando los mejores conceptos que tienes de ti, tus hijos acompañantes son como el espejo de tu luz y se siente tan rico como entra el aire a tus pulmones; una paz imperceptible, hasta que lo reflexionas y entonces… lo agradeces.

En cambio, los hijos maestros son los que por alguna razón desde su llegada vienen haciendo ruido en todas tus creencias y sacudiendo tus estructuras. Son los que te hacen hincarte ante algo mayor que tú, pidiendo respuestas, formulas, soluciones acertadas, son los que te llevan al límite, a dudar de tus capacidades, los que te retan tanto que a veces quisieras renunciar. Los hijos maestros te vienen a enseñar que no sabes nada o sabes muy poco de la vida y aunque duela, son los que te mandan sí o sí, a hacer algo para entenderla.

Nos sacan de la zona de confort y nos ponen en sentido de urgencia. Se lee en líneas, pero sabes que vivirlo no es sencillo. Se remueven las heridas de tu alma, se accionan algunos o todos los botones de pánico, sin embargo, aunque la el límite te lleve a la tentación, sabes que no te rendirás, que no te detendrás hasta conseguir su bienestar.

Los hijos maestros te cuestionan en la cara qué tanto realmente te amas, qué tanto sabes de tus recursos espirituales. En definitiva, reflejan tu sombra y hasta los pulmones se sienten comprometidos con el aire. Ahí con ellos es cuando, sin planearlo, llegas a conocer la fuerza de tu espíritu y la fuerza de tu amor, con estos hijos que te cimbran todas las estructuras y que hacen que las creencias importen poco, que los externos y sus juicios se vuelvan insignificantes. Ahí es donde conoces la verdadera y pura incondicionalidad del amor y esa enseñanza, créeme que trasciende.

No todos somos padres, pero todos somos hijos y hemos jugado un rol en esta reflexión; las asistentes a mi conferencia sin hijos, seguramente encontraron lógica en mis palabras y tal vez se ubicaron en su papel de hijas maestras y hasta pudieron decir “¡Ah chin! pobre de mi madre o mi padre” y pudieron reconocer el reto que han sido para sus padres; pero las asistentes con hijos, dejaron rodar sus lágrimas. ¿Por qué? Porque han estado ahí y saben como tú, que me lees, que conocer la incondicionalidad del amor duele, pero es un gozo y un hermoso regalo, un logro para el espíritu y aprendizaje indispensable para su trascendencia; pero de que duele, duele.

La diferencia entre la invitación que le hace la mente a la conciencia es abismal, cuando algo te toca el corazón liberas la opresión de algo que dolía y no podías entender, y entonces encuentras la compasión para ti mism@ y le das sentido desde el alma a tu proceso, lo ves, lo aceptas, te asombras del beneficio oculto que ha traído.

Entonces viene el alivio interno del “para qué” y la tarea toma un tinte de honorabilidad; te ves tal cual eres, un ser valiente, amoroso, capaz de rebasar tus propios límites en nombre del amor, sientes y reconoces tu condición humana, pero también empiezas a soltar el pecho apretado y a permitir que te entre aire con un sentido de satisfacción, porque, aunque no tengas la “labor” concluida ya sabes que se trata de aprender las manifestaciones más finas del amor.

Cuando reconoces que fuerzas invisibles han estado en tu asistencia y se manifiestan a través de mensajes, de personas, de circunstancias favorables que te alivianan el reto, entonces, también el agradecimiento te toca el corazón y la conciencia que estaba dormida se despierta y acepta, aligera el proceso y de alguna manera te recarga de mayor fuerza. No desestimes cada oportunidad que tengas para despertar tu conciencia a través del no siempre cómodo movimiento en el corazón, porque solo así algo se mueve, se transforma dentro de ti, es un sutil momento en el que cae “el veinte” y se libera el alma.

Eliz González

Directora Humana Instituto

Conferencista y terapeuta

Soy Humana

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